jueves, 4 de diciembre de 2008

Kitty Genovese In Memoriam

En 1964 una joven llamada Kitty Genovese fue asesinada a puñaladas en la ciudad de Nueva York. Fue algo trágico, aunque no inusual en una gran ciudad como ésta. Lo sorprendente de este suceso fue que por lo menos 38 vecinos salieron a sus ventanas a las tres de la madrugada, en respuesta a sus gritos de terror, y permanecieron allí contemplando inmóviles, durante la media hora que tardó el agresor en realizar el crimen. Durante este tiempo el agresor volvió en tres ocasiones para atacarla. Nadie hizo nada para ayudarla, nadie se acercó hasta su puerta y, desgraciadamente, nadie cogió el teléfono para llamar a la policía. (1)
¿Qué podemos pensar aquí? ¿Por qué no ayudaron? ¿No les dio tiempo a actuar? ¿Es que los habitantes de NY son insensibles al sufrimiento humano? ¿Será acaso que están acostumbrados a estos sucesos?

La respuesta que espontáneamente nos surge aquí es pensar que eran personas diferentes a nosotros, insensibles, e incluso dominados por la apatía, pero en las entrevistas que realizó la policía más tarde todos dijeron estar horrorizados.

Todo ello motivó nuevamente el interés de los psicólogos sociales, para desentrañar los porqués de estas conductas. Este es un buen ejemplo del "poder de la situación", es decir cómo nuestra conducta muchas veces no está motivada por nuestros valores ni nuestra personalidad, sino por factores externos que dan un contexto o "enmarcan" la situación.

John Darley y Bibb Latane, a partir de una serie de investigaciones, concluyeron que el número mismo de personas presentes en tales tragedias inhibe la intervención de cualquiera de ellas. Es más, cuantas más personas haya en la situación, más se reduce la probabilidad de que uno ayude, dando lugar a que se difumine la responsabilidad. Esto se conoce como "efecto espectador".

Esto lo comprobaron en un sencillo experimento sobre una "dama en apuros". En él, la experimentadora pedía a estudiantes universitarios que cumplimentasen un cuestionario, y después ella se marchaba a un cuarto contiguo separado por una cortina, diciendo que volvería cuando acabasen. Al poco tiempo se fingía un accidente (se oía como subía a un silla, la pata se rompía, y ella caía; también se oía el llanto y su voz angustiada). Se quería estudiar si ayudarían o no a la mujer. Había dos condiciones experimentales: en una los estudiantes estaban solos y en la otra estaban acompañados por un desconocido. Pues bien, de los que estaban solos ayudó el 70% de las personas, mientras que aquellos que estaban con un extraño, sólo ayudó el 20%. Más tarde cuando se les preguntó por qué no habían hecho nada, todos respondieron lo mismo: al ver que su compañero no hacía nada, dedujeron que no era algo serio. Vamos, que el uno por el otro... la casa sin barrer.


(1) Adaptado de Aronson, E. (2002). "El animal social". Madrid: Alianza.

1 comentario:

tali dijo...

hola prometeo, he estado leyendo tu blog y me pregunto quién eres en realidad...